TEATRO REUNIDO, DE MANUEL PUIG


Y2K (Un caso real)



Nota del editor:

La novela Y2K, del escritor argentino Rubén Stefano Meyer, narra una historia verídica: La historia de cuatro amigos cuarentones, rutinarios y descreídos que resolvieron, después de varios dilemas morales y familiares, traspasar juntos la Nochevieja de 1999 en la ciudad de Buenos Aires. Ese día, en que millones de personas se lanzaron a las calles de todo el mundo a celebrar con descontrol el fin del milenio, la pandilla de amigos cenó temprano en un restaurante de la calle Rodríguez Peña, en pleno centro porteño. Luego tomó café y bebidas espirituosas en el mismo bar donde se reunía desde hacía más de veinte años y se dirigió, más tarde, a un cabaret reputado (mal reputado, por supuesto) ubicado en las inmediaciones de la avenida Corrientes. A partir de la función de gala que presenciaron la madrugada del 1º de enero en el cabaret Molino Negro, la vida de los integrantes de esa pandilla cambió para siempre y las costumbres rutinarias quedaron trastocadas por el Efecto 2000 durante mucho tiempo, al menos hasta el 6 de abril, día en que transcurre este relato.
De más está decir que las personas que protagonizaron la historia real que sirve de base a esta non-fiction son mencionados en Y2K con nombres falsos para no dañar su imagen y evitar, además, la posibilidad de acciones legales.

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Rubén Stefano Meyer nació en la ciudad de Cañuelas, provincia de Buenos Aires, en 1980. Estudió Ciencias de la Comunicación y Letras en la Universidad de La Plata y, actualmente, realiza un doctorado en Literatura Latinoamericana en la Université du Québec, Canadá, donde enseña Literatura Argentina.

Foto: Internet

Y2K, capítulo 1. MAÑANAS OTOÑALES (noche del jueves 6 de abril de 2000)



Por Rubén Stefano Meyer

Desde el dormitorio de su novia, ubicado en la planta alta de una casa de Colegiales, los amaneceres otoñales le parecen siempre extraordinarios. Diferentes, para explicarlo de algún modo. No sabe en verdad por qué los encuentra diferentes a otros cientos de amaneceres que lo han sorprendido despierto a lo largo de los años. La singularidad no se basa (como él suponía en un principio, allá por enero de 2000, cuando todavía no eran otoñales) en el placer que le inspira la cercanía de su novia, con todo lo que implica esa cercanía: Un colchón mullido, una almohada blanda, sábanas sedosas, una decoración exquisita, aroma a mirra en el ambiente, una compañía por demás cariñosa y un cuerpo macizo, elegante, bien acomodado por la madre naturaleza, la gimnasia y el baile. No, no es eso. Más bien se basa en que contemplo sin mayores obstáculos la salida del sol a través de una ventana. Y contemplo, en medio de esa paz que me da la salida del sol, las hojas secas de los árboles que visten de un marrón amarillento las calles y los jardines del barrio. Un incendio de colores que crece a lo lejos… Durante esos momentos, ínfimos momentos que le escamotea a la cabellera azabache de su novia, a su piel delicada, a sus caderas morosas y a sus rincones encantadores, Lautaro Sandrelli presiente que es una máquina de mirar, una especie de cronista fotográfico que observa el paso de una vida que no lo incluye. Y sí, las situaciones contradictorias son los motores del alma, leí en un libro.
Sin duda, una exageración metafísica.
La proximidad de su novia y esas auroras imponentes, espectáculos extraordinarios que acecha en silencio sobre la cama, a semejanza de un ladrón de imágenes, provocan en Lautaro el fenómeno de desenterrar las evocaciones más importantes y más tristes de su existencia: Los abuelos que lo alimentaron, lo vistieron y lo educaron, una niñez suburbana con estufa a carbón, las calles terrosas del Gran Buenos Aires, un arroyo contaminado por curtiembres en el que pescaba mojarritas y ranas, la camaradería barrial de las clases medias bajas de La Matanza, sus padres desvanecidos en circunstancias nunca aclaradas… Una tradición mitológica, peronista, muerta hace tiempo.
Lautaro Sandrelli evoca el pasado así, de repente, como si las intermitencias usuales de la memoria fueran enhebradas por un cordón invisible y quedaran expuestas todas juntas frente a sus ojos en un conjunto armónico. De hecho, ese mismo día, 6 de abril de 2000, Lautaro advirtió, un poco sobrecogido por sus presentimientos, que el acontecimiento que insistía en entristecerlo desde el primero de enero no respondía a un orden azaroso. No, para nada, responde más bien a un orden desconocido, extraño. Apenas lo acometen esos recuerdos hilvanados por un cordón invisible —no bien sucede ese milagro, no sabría de qué otra forma llamarlo—, Lautaro valora la sabiduría y el talento narrativo de Thomas. El alemán Thomas Schöll logra que una leyenda en hipótesis ordinaria se convierta, a partir de su exposición, en un foco de atracción irresistible para sus amigos. En realidad, valora y envidia las cualidades expresivas del alemán porque Lautaro Sandrelli desea escribir una historia que comenzó a entender esa mañana y que cumple con un requisito que le agrada sobremanera en las novelas: Aparenta pertenecer al terreno de la pura invención y es, en cambio, un acontecimiento auténtico.
Pero no, no tengo ni una pizca de su talento… Mucho menos de su vuelo poético.

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Foto: Internet

Y2K, 2. EL ETERNO RETORNO DE PRAHA



Por Rubén Stefano Meyer


CAPITULO 2


El gringo Schöll narra con una entonación melancólica, con una entonación tanguera que refresca sus continuos exilios: el Karlův most es sombrío como el recuerdo de un libro deshojado. Thomas dice siempre Karlův most y lo escribe así, generalmente sobre una servilleta de papel en el bar, con un redondel sobre la u:
— Un acento del eslavo antiguo que enfatiza vocales y semivocales, similar al icono que eternizó la serie Simon Templar, el Santo — aclara ante la reacción asombrada y, al mismo tiempo, resignada de sus amigos.
El asombro proviene del hecho de que el alemán Thomas Schöll no utiliza jamás la traducción española que se corresponde con Karlův most (el castellano Puente de Carlos), acaso porque ha cruzado más de mil veces las señalizaciones de esa obra de arte urbana, o porque las intermitencias de su propia memoria le dictan en checo el nombre de una pasarela de cuatro cuadras que atraviesa el río Moldava, entre la Ciudad Vieja de Praga y el distrito Malá Strana. La resignación se debe a que sus amigos escucharon en demasiadas ocasiones sus, por denominarlas de algún modo, Historias de Praga.
Thomas Schöll narra, por ejemplo: en el centro del Karlův most se emplaza una estatua conmemorativa del Santo Patrono de Bohemia, Juan Nepomuceno, considerado por algunas enciclopedistas como un mártir del secreto de confesión.
— Nepomuceno era, hacia fines del siglo XIV, el arzobispo auxiliar de Praha y confesor de la reina Juana, esposa del Rey de Bohemia y Emperador de Alemania Wenceslao IV. Su Majestad, a pesar de la grandeza de su imperio y de su poderío descomunal, era un hombre terriblemente medroso y quería dominar los pensamientos recónditos de su mujer, a la que sospechaba adúltera… Típico caso de violencia doméstica. Recurrió entonces al arzobispo auxiliar para que le alcahueteara las confesiones de la reina. El santo, por supuesto, se negó a divulgar un secreto de confesión basándose en el Derecho Eclesiástico… ¡Pero una mierda el derecho canónico!, dijo Wenceslao. Ante la negativa de Nepomuceno, ordenó torturarlo. Y como no le arrancó nada con suplicios, hizo por fin que lo arrojaran desde Karlův most al río Moldava, donde se ahogó cerca del lugar en que, conjeturan ahora los estudiosos, se erigió su monumento — tal narra el alemán una y otra vez hasta el cansancio.
El alemán Thomas Schöll, devenido porteño de Buenos Aires por esos avatares del destino cruel o por una fatalidad absurda, como él mismo gimotea a la manera de un cantor de tangos, dice siempre, en uno de sus arrebatos poéticos que erizan la piel de sus amigos: el Karlův most es sombrío como el recuerdo de un libro deshojado o como una foto en sepia.
— Durante las madrugadas primaverales de Praha (él pronuncia Praje, con una hache aspirada que repica como una jota y e final) el puente se revela como una pintura de colores sobrenaturales, una pintura en degradé que varía a partir de un azul ceniciento en el cielo, perpetuamente traspasado por nubarrones algodonosos… Sigue con un gris sucio en las torres del Castillo de Praha y con el color pardo de las construcciones barrocas y medievales que se apoyan inclinadas en la vecindad de la fortificación. Así hasta desembocar, cerca del río Moldava (él pronuncia Vltava, una textura de consonantes y semivocales que sólo un eslavo o un alemán pueden pronunciar), en una combinación de adoquines negros y charcas que reflejan sobre Karlův most el azul opaco del firmamento — tal narra.
Más que una postal que se guarda en el corazón, el Karlův most es un estado de ánimo para Thomas, piensa Lautaro.

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Foto: Karlův most. Por Myrna Leal

ADIOS A WALL STREET





Por Diego Graglia (Corresponsal en Estados Unidos y México)

El otoño de 2004 acababa de empezar cuando, en la oscuridad de un cine de la calle Houston, la vida de Brendan Martin cambió para siempre.
Para cuando el invierno llegara a la ciudad, él ya no estaría aquí.
Martin, socio en una compañía de información financiera en Wall Street, se mudó ocho mil kilómetros al sur de su hogar de Morningside Heights, impulsado por lo que vio esa noche en pantalla.
La película era La Toma, un conmovedor documental y manifiesto anti-neoliberal sobre las decenas de fábricas bajo control obrero que surgieron en Argentina tras el colapso económico del país en diciembre de 2001. Muchos empresarios habían cerrado sus compañías, con la intención de pagar sus deudas con la venta de las máquinas. Pero los trabajadores entraron a los edificios cerrados y volvieron a trabajar, con la esperanza de que jueces y legisladores comprensivos le dieran legalidad a esa movida arriesgada.
Cuando la película terminó, Martin conoció al director, el periodista y activista canadiense Avi Lewis. (Naomi Klein, la famosa autora de No Logo, fue la guionista del filme). Martin le preguntó qué podía hacer para ayudar a los sufridos trabajadores argentinos.
Lo que más necesitaban, le dijo Lewis, eran préstamos, dinero que pudieran poner a trabajar.

La fábrica de camisas Ceres está en una calle arbolada del tranquilo barrio de La Paternal en Buenos Aires. Es una de las más de 160 "fábricas recuperadas" y cooperativas de trabajadores que hoy funcionan en Argentina. Los cálculos más conservadores dicen que ellas dan trabajo a unas diez mil personas. Martin, de 32 años y cara aniñada, llegó a la fábrica una soleada mañana de verano en enero pasado. Vestía jeans y una camiseta de mangas cortas bordeaux y cargaba una mochila negra. Quería mostrarles a los trabajadores las nuevas etiquetas que su organización sin fines de lucro, The Working World, les estaba ayudando a diseñar.
Martin lleva más de un año viviendo en Buenos Aires y esto se nota en su español. Lo habla sin problemas con el acento gritón y teñido de italiano de la gente local. "Es importante, porque va a ser su nombre", le dijo, sobre las nuevas etiquetas, a Celina Báez, una costurera de 48 años nacida en Paraguay. Báez le estaba cosiendo bolsillos a camisas para los uniformes de una importante compañía de autobuses. La cooperativa había comprado la tela para el encargo con un préstamo de TWW de unos 660 dólares.
"Tenemos trabajo, nos gustaría poder abarcar un poquito más", explicó Marcela Regueira, de 43, la presidenta de la cooperativa de once trabajadores.
Desde diciembre de 2004, The Working World otorgó más de veinte préstamos a una docena de cooperativas y fábricas recuperadas, que los usaron para comprar materia prima, mejorar su infraestructura o comprar o reparar máquinas. Por ejemplo, el acceso a capital de trabajo fue clave para la fábrica metalúrgica recuperada Crometal. Hasta que TWW le dio tres préstamos consecutivos por un total de 29 mil dólares, estaba obligada a esperar el pago de una orden antes de poder comprar material para la siguiente.
"Por lo general, no hay préstamos como estos disponibles para la gente", dice Martin. A diferencia de los bancos, TWW no pide garantías. "No tenemos más garantía que la buena voluntad", explica.
El dinero sale de un fondo creado por Martin, que hasta ahora recaudó unos 120 mil dólares. Según explica, esto incluye donaciones privadas y de sindicatos y también donaciones y recaudaciones de entradas a proyecciones de La Toma. (Lewis, el cineasta, es co-fundador y promotor internacional de TWW). Martin dice que aportó unos 55 mil dólares de sus propios ahorros. "En este momento, estamos perdiendo dinero", dice, y explica que TWW debería sustentarse sola a partir del año que viene. Entonces, él espera volver a ahorrar dinero para llevar la organización a algún otro país.
La tasa de interés de los préstamos es del diez por ciento. Esto significa, literalmente, perder dinero, ya que el año pasado la inflación en Argentina fue superior.
Entre los beneficiarios de los préstamos hay fábricas de globos, cristalería, zapatos, calzados deportivos y autopartes. Una cooperativa de cartoneros –recolectores informales de basura que se volvieron muy comunes en las calles de Buenos Aires luego del colapso- pidió un préstamo para alquilar un molino que le permite hacer su propio reciclado de plásticos.
"No nos ayuda nada el gobierno. Estamos pidiendo un subsidio, pero no vino", dice Alicia Pérez, trabajadora de la Cooperativa Unidos por el Calzado. "(El fondo) nos prestó diez mil dólares para promocionar la marca".
Para Martin, el éxito de los préstamos se mide en dos escalas de valores: su impacto social –el bienestar de los trabajadores y la creación de empleo- es tan importante como que el dinero sea devuelto.

Si una cooperativa tiene problemas para pagar, dice Martin, TWW trata de ayudar a los trabajadores a resolver los problemas que estén teniendo. La liquidación de activos es un último recurso y afecta sólo a los activos adquiridos con el préstamo. "Creemos que la responsabilidad por un préstamo es tanto del que lo recibe como del prestamista", dice Martin.
Además de los préstamos, hace poco Martin creó market.theworkingworld.org, donde consumidores estadounidenses pueden comprar productos hechos por las cooperativas argentinas. Allí, un par de zapatos de cuero de suela gruesa hechos por la cooperativa Desde el Pie cuesta $57, con el envío incluido.
El sitio Web busca generar dinero para los trabajadores y contribuir al fondo y, al mismo tiempo, cuestionar el modelo de marketing global impuesto por las multinacionales. "La mayor parte del dinero de un zapato de correr se lo lleva la marca y los que lo hacen se llevan poco", dice Martin. Agrega que su meta es "volver a colocar al productor y al consumidor en el medio, intentando desplazar a las marcas de su lugar".
Mientras su trabajo diario es cambiar el mundo un micropréstamo tras otro, en su tiempo libre Martin sigue haciendo trabajos de consultoría para la compañía de información financiera que ayudó a fundar. "Todavía necesito ganarme la vida", dice.
Nacido en Washington D.C. y criado en Rochester, N.Y., Martin se sintió atraído por la economía cooperativa en la universidad, en Wesleyan. Cuando vio La Toma, ya había estado pensando en dejar Nueva York para trabajar "en un banco de microcréditos en Bangladesh o hacer algo en América latina".
"Cayó justo en su lugar", dice del filme.
Más de un año y medio después de aquella noche en el cine, su vida es completamente diferente. Sube con confianza a trenes que van a esos desolados suburbios post-industriales que los porteños de clase alta normalmente no visitan. Maneja un Torino, un auto de diseño nacional de los '60 que es el orgullo de los fierreros argentinos de clase trabajadora. Juega al fútbol – ese en el que jugar la bola con la mano es falta. Y está de novio con una argentina.
Martin estaba en Nueva York por las Navidades cuando nos encontramos por primera vez, en el restaurant La Rosita en Morningside Heights. Orgulloso, me mostró sus botas negras hechas en Desde el Pie y, durante dos horas, no paró de hablar sobre su emprendimiento. En un momento, le pregunté qué significaba todo esto para él.
"Mi vida ha cambiado por completo", dijo. "Siento que se abrió a todo lo que siempre quise hacer".
“Es lo mejor que he hecho en mi vida”.

© Texto y foto: Diego Graglia

LIBRO RECOMENDADO: PAPELES INESPERADOS




ESCRITORES







Por Julio Cortázar

Por lo que a mí se refiere lo que ha dejado de ser literario es el libro mismo, la noción de libro; estamos al borde del vértigo, de las bombas atómicas, acercándonos a las peores catástrofes, y el libro sólo me parece una de las armas (estética o política o ambas cosas, pues cada cual debe hacer lo que le dé la gana mientras lo haga bien) que todavía puede defendernos del autogenocidio universal en el que colaboran alegremente la mayoría de las futuras víctimas. Me resulta risible que un novelista mexicano o argentino tenga úlcera de estómago porque sus libros no son lo bastante famosos, y que organice minuciosas políticas de autopromoción para que los editores o la critica no lo olviden; frente a lo que nos muestra la primera pagina de los diarios al despertar cada día, ¿no es grotesco imaginar esos pataleos espasmódicos con miras a una "duración" cada vez más improbable frente a una historia en la que los gustos y sus formas de expresión habrán cambiado vertiginosamente antes de mucho? Cuando Life me pregunta qué pienso del futuro de la novela, contesto que me importa tres pitos; lo único importante es el futuro del hombre, con novelas o televisores o todavía inconcebibles tiras cómicas o perfumes significantes o significativos, sin contar que a lo mejor uno de estos días llegan los marcianos con sus múltiples patitas y nos enseñan formas de expresión frente alas cuales El Quijote parecerá un pterodáctilo resfriado. Por mi parte me reservo la úlcera de estómago para cuando camino por los suburbios de Calcuta, cuando leo un discurso de Adolf von Thaden o de Castelo Branco, cuando descubro, con Sartre, que un niño muerto en Vietnam cuenta mas que La náusea. El futuro de mis libros o de los libros ajenos me tiene perfectamente sin cuidado; tanto ansioso atesoramiento me hace pensar en esos locos que guardan sus recortes de uñas o de pelo; en el terreno de la literatura también hay que acabar con el sentimiento de la propiedad privada, porque para lo único que sirve la literatura es para ser un bien común como lo intuyó Lautreamont de la poesía, y eso no lo decide ni lo regentea ningún hautor desde su torrecita criselefantina. Un escritor de verdad es aquel que tiende el arco a fondo mientras escribe y después lo cuelga de un clavo y se va a tomar vino con los amigos. La flecha ya anda por el aire, y se clavará o no se clavará en el blanco; sólo los imbéciles pueden pretender modificar su trayectoria o correr tras ella para darle empujoncitos suplementarios con vistas a la eternidad y a las ediciones internacionales.

(Entrevista de Rita Guibert a Julio Cortázar para la revista Life en español. Chicago, 7 de abril de 1969. En Papeles inesperados, Alfaguara 2009

DICCIONARIO DE EQUIVOCOS (Una poética del desvío)





SEGUNDA ENTREGA


Por Patricia Mercado y Walter Vargas

odio: vigor difamado.

palabra: lo que reposa en la penumbra mientras cedemos al imperativo.

pensamiento: multiplicación de evanescencias.

poesía: el quinto elemento.

recuerdo: compás en el que nos deshacemos.

sentido: edicto municipal.

sueño: cadáver que hace planes/ lugar donde los vivos embisten al vacío y le muestran los dientes a la ley de gravedad.

verdad: desgarramiento.

vida: añoranza feroz que ninguna posesión calma.

yo: mentira irrefutable.

patricia: lo que goza y se extenúa con los mismos atavíos.

walter: extraña certeza que queda en pie.

FOTO EPIGRAFE



Atardecer en Île-St.-Louis. Puente Louis-Philippe
Foto: Myrna Leal

BESOS QUE SE DICEN



Por José Luis Cutello

I


La Hechicera aguardaba la penumbra
encerrada en los vados/
de un pantano escurrido.
Su voz era otra opacidad
reverberada/
en las paredes blancas de una choza.
Y, cercenada por el olvido,
padecía la refulgencia/
de las hendijas:

Sus manos de mujer reflejaban
en la tenuidad del crepúsculo
el éxodo del Vidente Ciego,
aquel augur que a su paso
hacía tronar las palabras bulliciosas/
del acantilado.

Sus ojos de mujer auscultaban despacio
la fuga secular del otoño deshojado
ponderando aquel tiempo en que el/
Vidente Ciego
-ora distante, ora aledaño-
amuraba el paso de las estaciones
y de los trenes.

Siempre a misma hora lóbrega,
en el rincón donde aún se mecen/
las piernas del violín abandonado,
ella cantaba
con voz despiadada:

Los ojos repliegan
el secreto,
escupen en el aire
los besos que se dicen...

Entonces,
los perfumes amargos
repiqueteaban/
en el cobrizo despeñadero
y las gárgolas más jóvenes
reventaban/
rajaduras en las paredes,

para que la mujer taciturna
descubriera su propia lumbre
en el enigma/
de los encantadores.

Así,
mientras las escenas repetían/
variaciones de semejante oscuridad,
la gente de la ciénaga asaltaba/
con ruindad sus invocaciones
a la manera de las almas perplejas/
que celebran:

... escupen en el aire
los besos que se dicen...

SUMARIO




PROXIMAS ENTREGAS

.Lunes 23:
Novela Y2K, capítulo 3
Poema Besos que se dicen, parte II

.Miércoles 25:
Novela Y2K, capítulo 4
Poema Besos que se dicen, parte III (√)

.Sábado 28:
Novela Y2K, capítulo 5
Poema Besos que se dicen, parte IV
Novela El Anarquista (completa)

.Lunes 30:
Novela Y2K, capítulo 6
Poema Besos que se dicen, parte V

.Miércoles 2 de diciembre:
Novela Y2K, capítulo 7
Poema Besos que se dicen, parte VI

Escopeta Oxidada del Rocío Nº 16
El sábado 5 de diciembre, el e - Magazine publicará, entre otros, los siguientes temas:

.Novela Y2K, capítulo 8
.Poema Besos que se dicen, partes VII y VIII (final)
.Relato La ciénaga, de Elías Castelnuovo
.Recuerdos de la revolución, reportaje de Diego Graglia
.Libro recomendado
.Foto epígrafe