Et Emma cherchait à savoir ce que l'on entendait au juste dans la vie par les mots de
'felicité', de 'passion' et d' 'ivresse', qui lui avaient paru si beaux dans les livres...

Madame Bovary

GABRIEL MALLADA VUELVE A LA SALA ZITARROSA



Luego de un principio de año abocado al ciclo Espacio en construcción en el Museo del Vino, Gabriel MALLADA volverá a tocar en la Sala Zitarrosa, escenario destacado de Montevideo, donde ofrecerá al público sus nuevos trabajos.

Presentará esta vez composiciones creadas en estos últimos meses, canciones que integrarán su próximo trabajo discográfico, acompañado por Adrián BORGARELLI (Violonchelo) y artistas invitados como Jorge "Fleco" SILVANO (Flauta Dulce) y Alicia BORGES (voz).

Gabriel MALLADA propone un espectáculo de música popular, abordando una gran variedad de ritmos latinoamericanos que nos llevan por distintos paisajes, que nos trasladan a distintas épocas y nos despiertan profundas emociones.

En primera parte, como invitados especiales de este recital, se presentará el DÚO CHAMANGA, los jóvenes cantautores Federico y Facundo Ruiz, de la ciudad de Trinidad (Departamento de Flores), con su estilo particular de dos guitarras a secas.

El espectáculo será en la Sala Zitarrosa, en Avenida 18 de Julio 1012, Montevideo, el jueves 18 de marzo a las 21.

Y2K, 58. LA CONDESA Y LA CAPITANA



Por Rubén Stefano Meyer



Cuando recién despuntaba la función, aquellas dos muñecas empezaron a perder paulatinamente sus atuendos, en una frenética danza que estimuló de inmediato a los reclutas de La Opera, como si les hubiesen inyectado una droga milagrosa que disipara los vestigios del alcohol y despertara los sentidos:
— ¡Che, boludo, qué buena está la rubia de peluca negra, la draculina! —aulló Carlos en el oído de Lautaro.
— ¿Vos no estabas deprimido? — le espetó del otro costado, con el sarcasmo de siempre, Pedro.
El flaco Sandrelli miró furioso al gordo, con un gesto indisimulable de ¡Dejáte de joder!, y palmeó un hombro del cabezón Astigarraga:
— Sí, cabezón, está buenísima…
Thomas, que se encontraba un poco desalentado por las reprimendas que recibió su interés en dominar el porvenir, se mostró en desacuerdo:
— A mí me gustaban más las chicas anteriores. No sé, tenían más carne… Y en el fondo, me atraen más las morochonas.
— Porque a los gringos les encanta la carnaza — le chantó Pedro, cuya ingeniosidad iba decreciendo a pasos agigantados mientras se desarrollaba el show.
— ¡Qué mala onda, viejo! Es sólo un criterio! —se defendió el gringo Schöll.
Indiferentes a la discusión entre el alemán Schöll y el gordo Maldonado, Carlos y Lautaro acompañaron reconcentrados la ostentación de cuerpos que ejecutaban sobre el escenario la condesa Mariel y la capitana Agustina, dos verdaderas bombas de pechos pródigos, cinturas de avispa y colas macizas. La draculina bailaba con ondulaciones torpes, como si jugara a la rayuela y al mismo tiempo se desnudara. Asumía su trabajo con una gracia infantil o, por decirlo de otro modo, una gracia provinciana y enternecedora. En su progresivo destape había algo de pueril que incomodaba al público, a tal punto que nadie se animaba a vocearle las groserías habituales que se escuchaban en ese antro. En mi caso, pensaba el flaco Sandrelli, tal vez la hubiera preferido vestida a lo largo de la performance, debido a que su papel aniñado me evocaba a Araceli Sarmiento, la misha con que había convivido una temporada. Por el contrario, Agustina nutría con sus caderas una cadencia envidiable que, lejos de conmover con su infantilidad, calentaba el bajo vientre. Tenía tan asimilado su protagónico de Capitana escocesa que provocaba entre los espectadores la impresión fantasiosa de comandar una milicia de amazonas.
Carlos Astigarraga se había exaltado sobremanera y conversaba con ambas nudistas cada vez que alguna de ella se aproximaba a su copa de coñac. En especial, se dirigía a la rubia vampira con insinuaciones delicadas y piropos suaves, referidos en general a su opulenta anatomía. Un caballero español… La mujer, lejos de ningunearlo entre la masa amorfa de lobos, rumbeaba hacia él con un mohín complaciente que incitaba el ronroneo de cabezón:
— ¡Claro, si Carlos no para de amarrarle billetes de diez pesos en la trusa! — malició entonces Lautaro.
Promediando el show, el cabezón Astigarraga sufría ya del mal de la vaca loca (en su caso, del caballo desbocado) y el alcohol trepaba a su azotea con una rapidez proporcional a sus impulsos. Por eso, supongo, se empecinaba en invitar a las dos ninfas a una fiestita privada:
— La organizamos ahora mismo con los cuatro —Carlos señalaba con su mano a Pedro, Thomas y Lautaro, que ni siquiera habían sido consultados—. O con dos de los cuatro, si gustan… —ratificó con variantes su proposición, aunque ésta vaticinara sangrientas peleas en La Pandilla.
Y antes de que sus amigos quedaran por completo alelados, Carlos sobrepasó su propia osadía:
— O conmigo solo, hasta morir de felicidad…

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Y2K, 57. EL ESPECTRO ONANISTA




Por Rubén Stefano Meyer





El cabezón Astigarraga apretó los dientes y barboteó de costado, como si escupiera una confesión, hacia donde estaba sentado Lautaro:
— Le dije que no me jodiera más porque ella había decidido quedarse fuera de este festejo desde que se peleó con ustedes tres… Encima le recordé que nadie la había echado, que ella misma había renunciado a las reuniones del grupo.
— ¿Y qué te argumentó? —se entrometió el flaco Sandrelli.
— Lo de siempre… Que ustedes son una nube de langostas solteronas. Y que Pedro se había propasado con ella, etcétera, etcétera. Me gritó algo sobre mis amigotes y esas cosas que dicen las mujeres que están heridas.
— ¿Terminaron con los platos por la cabeza?
— No, flaco. Al final admitió que se zarpó con vos y con el gringo, que si bien Thomas no la tragaba era discreto, y que vos la tratabas con respecto y cariño. Me dio pena después, se dio cuenta que se había rebelado contra ustedes dos sin fundamentos.
— Bueno, al menos tiene buen corazón y reconoce sus errores. Quizás la vaya a visitar un día de estos…
— Sí, andá, levantále la excomunión que le pusiste, Lautaro I de Roma... A vos te quiere mucho. Ese día del que te hablo convino conmigo que con vos se había portado muy mal. Y dijo que con el gringo también, aunque él la haya apodado Helena de Troya —le confesó Carlos.
En verdad, los cuatro habrían regresado galopando a La Ópera si no hubiera brotado desde un lateral del escenario aquel presentador pálido, gordo y con rostro de fantasma pajero, que pregonó durante dos o tres minutos, mediante una declamación aflautada, la apertura de El show de la Condesa y la Capitana, una exhibición de dos niñas traviesas, las que subirían en breve al escenario:
— ¿Y a éste qué le dieron, sobredosis de pentotal? — preguntó risueño el gordo Maldonado.
— Como diría el gran Osvaldo Lamborghini, me parece que le dieron carne por la popa — ironizó el alemán, que cuanto más alcohol bebía, más pedrístico se volvía.
— Ahora sí que tenemos una fiesta de vampiros rumanos — dijo Lautaro observando al tipo del escenario.
La artista precursora fue una rubia auténtica, de cabello corto y ojos azul claro, que portaba una peluca negra de largos rizos hasta el trasero, una dentadura postiza de plástico estilo draculín y una camisola digna de Lucrecia Adams o de un Conde Drácula creado por Woody Allen en su época de humorista. Esa joven, que dos horas más tarde se llamaba Mariel Agoste para el cabezón Astigarraga, lucía un pantalón ajustado, un cuello setentista, con solapas anchísimas a lo Travolta en Fiebre de sábado por la noche, y una capa que le rozaba los tobillos, todo de un negro sin fisuras que le daba un aspecto de nena-mala-punk-dark neoyorquina y no de un personaje de Bram Stoker. Para acercarse con creces al grotesco kitsch, Mariel utilizaba en su cara, sus manos y sus pies, los únicos segmentos del cuerpo que se veían sin cobertura, una base de polvo blanquecino muerte, con el que pretendía alcanzar el modelo de los vampiros de Hollywood.
Su compañera de espectáculo estaba disfrazaba, en cambio, con un uniforme del Ejército escocés: Pollera a cuadros azules, blancos y rojos, una chaqueta militar engalonada, botas altas negras con unas borlas de lo más ridículas y un capirote verde que, por suerte, no disimulaba su brillante cabellera azabache, atada con una colita de caballo. Lautaro supo después que su padre, un italiano maestro mayor de obras, la había bautizado Agustina en homenaje al emperador romano César Augusto.

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Imagen: Afiche de la película Cabaret, de Bob Fosse (1972)

Y2K, 56. SILICONAS BIEN COLOCADAS


Por Rubén Stefano Meyer

El flaco Lautaro traga saliva, frunce el entrecejo y piensa preocupado si no me queda otra, allá vamos…
Luego de la sesión colectiva de Tarot con la gorda Tiresias, Lautaro, Pedro y Thomas apaciguaron la desazón de Carlos mediante palabras un poco jocosas e hirientes. El cabezón Astigarraga había acabado tan embelesado con la posibilidad de comenzar su vida desde cero que fue imprescindible levantarlo de su silla. No porque se hallara apenado o más abatido que tras sus habituales peleas con Marita, como supuso La Pandilla, sino porque deseaba empezar sin dilaciones su nuevo emprendimiento, por denominarlo de algún modo. Dada la reacción, la ocurrencia de alentarlo hacia ese camino, machacándole que Cleopatra le había pronosticado un futuro que cualquier hombre anhelaría para sí, no provocó otra consecuencia que un fortalecimiento de sus ilusiones más descabelladas. Aunque los reclutas de La Ópera no previeron un desenlace tan fabuloso ni cuando se acomodaron alrededor de una mesa, con abundantes libaciones etílicas, a observar los shows de El Molino Negro.
Amén de un par de culos estupendos o unas siliconas colocadas en su sitio exacto, el espectáculo nudista era grotesco y previsible. No obstante, el alemán Schöll se mostró esa madrugada exultante y, según le comentó a sus camaradas, fantaseaba en secreto (nunca con imprecaciones obscenas) con un turno de hotel alojamiento en compañía de alguna de las bailarinas. Con cualquiera de ellas para ser exacto…
En contraste, Pedro estaba otra vez de malhumor, con un montón de ironías y maldades en la punta de la lengua. Las chicas que se desnudaban aquel Año Nuevo poseían, desde su perspectiva experimentada, innumerables defectos:
— A la primera que vimos le sobraban carnes en el vientre y en las nalgas… Aquella, la rubia teñida que se le notas las raíces negras, tiene las tetas demasiado caídas… La que salió recién tiene celulitis… La única que estaba fuerte, la colorada, tenía más operaciones que Moria Casán y Adriana Aguirre juntas…
— Che, gordo: ¿A quién te cogés vos? ¿A Marilyn Monroe? —le soltó jocoso Carlos.
— Además mirá quién habla —se mofó Lautaro—: Sos tan caradura que juzgás las exuberancias de carnes ajenas.
— Yo estoy gordo, es cierto, pero al menos no bailo en pelotas sobre un escenario rodeado de pajeros —lo refutó, con toda la razón del mundo, el gordo Maldonado.
Entretanto, Carlos Astigarraga y el flaco Sandrelli aceptaban la sucesión de shows más bien pensativos, si bien escondían diferentes motivos: El cabezón no lograba olvidar las predicciones inquietantes de la gorda Tiresias, ni sus sueños de posteridad… Lautaro, como de costumbre, había caído en un hastío profundo, en la insoportable levedad de su ser, definiría Thomas Schöll citando al escritor checo Milan Kundera.
En realidad, las presentaciones eróticas de El Molino Negro se basaban en rutinas más o menos agradables, más o menos monótonas, movimientos gatunos predecibles, risitas lascivas forzadas por la entrega de algún billete y, por qué no, prótesis de plástico por doquier, tal había remarcado el gordo, Si no hubiera terciado un imponderable, como lo fue la aparición inesperada de un animador con cara de espectro onanista sobre el tablado, La Pandilla hubiese vuelto enseguida a La Ópera, ya que los cuatro se aburrían de lo lindo. Se aburrían tanto, en efecto, que el cabezón había tenido tiempo, en medio de una performance, de relatarle al flaco Sandrelli el escándalo que había mantenido con su esposa una semana atrás, mientras Marita reclamaba que la había dejado afuera de la celebración domilenarista.
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Foto: Internet

Y2K, 55. EXCURSION DESDE EL MOLINO NEGRO


Por Rubén Stefano Meyer

El flaco Sandrelli y el gringo Schöll mantuvieron aquella noche del 2 de enero una suerte de seriedad pesarosa, como si velaran a un muerto, hasta que se miraron entre sí y estallaron de risa:
— ¡Sos un animal! ¿Por qué la agrediste así? — comenzó Thomas.
— Pretendía calmarla, explicarle con una broma que el extravío del cabezón sería efímero… —se justificó Pedro.
— ¡Mirá que sos un gordo bolú! ¿No te diste cuenta que ayer Marita estaba hecha pelota? — le descerrajó Lautaro.
— ¿Vos la viste, flaco?
— Claro, pasó anoche por casa… Más que Helena de Troya aparentaba ser Madame Bovary con un frasco de veneno en la mano.
— No, no me di cuenta… Estuve remal con la gallega.
— ¿Qué bestialidad te contestó ella? Porque me imagino que no te la habrás llevado de arriba — descontó el gringo.
— Algo bien escueto y rotundo… Me cuchicheó al oído con furia: Sos un hijo de re-que-te-mil putas y se mandó a mudar por esa puerta —Pedro señaló la entrada—. No me permitió ni pedirle disculpas por mis chicanas de mal gusto. Me miró de una forma que, no sé che, me dejó paralizado… Peor que las miradas fulminantes de la Gorda Tiresias.
— ¡Bueno, gordo, serenáte ahora! Ya no podemos hacer nada, hay que esperar que se le pase — contemporizó Lautaro.
El gringo Schöll, en cambio, no quería serenarse y les declaró a viva voz su angustia:
— Muchachos, tenemos que encontrarlo pronto porque la gallega ya amenaza con hacerle pagar el mal trago... —dijo con una urgencia extraña en él.
— ¿Por qué? ¿Qué te dijo Marita? —preguntaron al unísono Lautaro y Pedro.
— Que si Carlos no tiene una buena excusa para ausentarse de su casa tantas horas, lo va a echar a patadas en el culo… Y advirtió, con un tono que me sonó a ultimátum: Ese pelotudo sabrá quién soy yo…
— Tenemos que encontrarlo pronto, debe de estar metido en algún quilombo… O preso… O en algún hospital… — ratificó Pedro.
— No muchachos, paren la mano un poquito… Carlos está de lo más bien. ¡Dejen de poner sirenas y alarmas, parecen una ambulancia! —sugirió con un aire de experto el flaco.
— ¡¿Qué querés decir, boludo?! —lo apretó el gordo.
— El cabezón está bien, no le pasó nada malo… Nada de lo que ustedes especulan… Le pasó, eso sí, algo raro, pero no es tan grave: Está encamado desde ayer con una de las minas de El Molino Negro, la rubia que bailaba disfrazada de Drácula.
— ¡Y eso no te parece malo! —se atragantó el alemán—. ¡La gallega lo va a matar!
— Es probable que tengas razón, gringo, que Marita lo mande al hospital si alguien le cuenta que Carlos la está corneando. No seré yo, por cierto... Lo que quiero decirles es que hoy no está en ningún hospital, ni preso, ni muerto… Sólo se quedó encamado con la mujer que se disfrazaba de vampiresa en el Molino Negro. Se llama Mariel — pormenorizó algunos datos, ignorante de que en ese mismo instante Carlos Astigarraga y Mariel Agoste ultimaban los detalles de su viaje a Praga.
La revelación había tranquilizado, al menos por un rato, a La Pandilla: Pedro y Thomas se desentendieron por completo de la salud del cabezón y ni siquiera preguntaron, como lo hubiesen hecho en otra oportunidad, aunque sea por curiosidad, en qué había consistido la velada libertina del primero de enero de 2000 con las dos artistas del cabarute. Se conformaron, incluso, con escuchar que las dos minas habían llevado al cabezón y al flaco a su domicilio y que los cuatro habían disfrutado de una pequeña fiestita. Nada más…
Pero esta tarde, sentados los tres en La Ópera, todo cambia de golpe: El gordo y el alemán necesitan, tres meses después, estar al tanto (Sea como sea, aun si tenemos que tirarte de la lengua, intiman a Lautaro) de los detalles de aquella excursión desde El Molino Negro.
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Imagen: Internet

El Guernica: un modo de hacer la guerra desde la propia pintura


Por Tatiana Reitman (*)

Artículo extraído del blog Síntoma Virtual

Picasso decía: "La pintura es la libertad. Si saltas puede que caigas al otro lado de la cuerda. Pero si no estás dispuesto a correr el riesgo de romperte la crisma ¿de qué te sirve? No saltes... Tienes que despertar a la gente. Revolucionar su forma de identificar las cosas. Tienes que crear imágenes que no acepten. Obligarlos a entender que viven en un mundo muy extraño. Un mundo que no es tranquilizador. Un mundo que no es como ellos creen".
Decía también que: "en las jerarquías descansa el poder congelado, opresor, astringente, embotador. La libertad consiste en la demolición de las categorías". Es por ello quizás, que no puede atribuirse a Picasso la pertenencia a ninguna Escuela y él mismo decía rechazar como algo empobrecedor la atribución de un estilo.
"Cuando se va directo al grano todo lo que se tiene es uno mismo. Eres un sol con mil rayos en tu vientre. Lo demás es nada". Se trata sin duda de la mejor descripción de su talento, talento que lo llevará a no quedar adormecido en aquellos momentos en que la aceptación de su obra, la llamada época rosa por ejemplo, le mostraba que había entrado en el campo del Otro, del Ideal. "El estilo es siempre el hombre mismo". Es tal vez por eso que dirá que es preciso que haya una oscuridad absoluta alrededor de la tela para que el pintor quede hipnotizado por su trabajo y pinte casi como si estuviera en trance, permaneciendo lo más cerca posible de su mundo interior, si es que quiere trascender los límites que la razón intenta imponerle continuamente. Y no deja de conectar esto con la palabra: "Quiero DECIR el desnudo. No quiero hacer el desnudo como un desnudo. Solo quiero DECIR seno, DECIR pie, DECIR mano, vientre. Encontrar la manera de DECIR y eso basta".
Esto nos recuerda que, para el psicoanálisis, el inconsciente es un decir que se dice a partir de lo que del goce se ha inscripto. Inscripción de una escritura que soporta una y muchas lecturas. El goce se cuela en ese decir que lo descifra. El sujeto sabe más de lo que cree y dice más de lo que quiere. Lo que se dice es el goce, pero éste desaparece en el dicho, queda olvidado porque pasa por la batería significante de la lengua, cargándose de sentido, ese sentido que el otro atribuye a lo que escucha y cree entender o entiende. El Sujeto se desvanece en el sentido. Solo quedará ese objeto, objeto de arte, cuadro, escultura o pintura que al adquirir el estatuto del significante representará al sujeto para otro significante que no es sin inconvenientes para el campo del Otro. "El significante es signo de un sujeto".
Picasso captaba esta dimensión. Por ello decía: "La libertad de pintar es la libertad de liberar algo de uno mismo. Hay que darse prisa porque no dura mucho". El sujeto nunca es más que puntual y evanescente, pues sólo es sujeto por un significante y para otro significante. Picasso sostenía también, respondiéndole a alguien: "¿Cómo quiere que un espectador viva un cuadro como yo lo he vivido? Un cuadro me viene de lejos; quién sabe de cuán lejos. Lo he adivinado, lo he visto, lo he hecho y, sin embargo, al día siguiente ni yo mismo veo lo que he hecho. ¿Cómo se puede penetrar en mis sueños, en mis instintos, en mis deseos, en mis pensamientos, que han tardado mucho tiempo en elaborarse y en producirse ahora, sobre todo para encontrar en ellos lo que he puesto, quizás, a pesar de mi voluntad? (...) Siento que he ganado cuando lo que hago empieza a hablar sin mi":
Y será el Guernica, considerada la más famosa obra de arte del siglo XX, la que más habla y ha hablado por y sin Picasso.

Guernica

Año 1936. Picasso tiene 55 años y está atravesando según sus palabras "la peor época de su vida". Escribe. Está atormentado y sombrío. No puede pintar y eso lo sume en profundos desvaríos. En una carta a su amigo Sabartes dice que dejará la pintura, la escultura, el grabado y la poesía para dedicarse por entero al canto. Algo se ha roto en su equilibrio que le impide trabajar con calma. Será un acontecimiento exterior el que lo devolverá a sí mismo. Estamos en el mes de julio y ha estallado la guerra civil en España.
¿Cómo llamar exterior a Picasso a este acontecimiento, cuando él se consideró español siempre y, a pesar de vivir la mayor parte de su vida en Francia, nunca quiso cambiar su nacionalidad aunque esto le hubiera favorecido en muchos momentos incluso en ése, "el peor de su vida"?
Ser español le impedía divorciarse de Oga Koklova, lo que le trajo innumerables trastornos, Picasso dirige inmediatamente su simpatía hacia el bando de los Republicanos y aunque sus declaraciones políticas son muy escasas, sobre esta guerra civil que desgarró a España se pronunció de una manera muy clara: "La guerra en España es la batalla de la reacción contra el pueblo, contra la libertad. Toda mi vida de artista no ha sido mas que una lucha continua contra la reacción y la muerte del arte..."
Picasso hace la guerra desde la pintura. Las noticias son malas, el fascismo se extiende y Franco gana batallas dejando a su paso un reguero de sangre y muerte. Es en este marco que la República Española decide participar en la Exposición Universal que se realizará en 1937 en Francia, y en enero de ese año le piden a Picasso que haga un gran mural que será el eje fundamental del Pabellón Español.
Picasso aceptó pero durante mucho tiempo quedó como paralizado. Se encontraba desorientado, incómodo, no estaba acostumbrado a pintar cuadros de tan grandes dimensiones y además nunca le gustaron los encargos.
Desde España no dejaban de llegar atormentantes noticias. De especial significación debieron ser los ecos de la caída de Málaga, su ciudad natal, ocurrida el 8 de febrero. Allí vivía parte de su familia y éste resultó ser uno de los más sangrientos episodios de la guerra. Su amigo, el escritor Arthur Köestler, que presenció personalmente los hechos, le relató los trágicos acontecimientos: el ametrallamiento desde el aire de los miles de refugiados, mujeres y niños que huían por la carretera de la costa. Debió contarle cómo las madres llevando en brazos a sus hijos muertos, perdían la razón, y cómo otras se arrojaban con los niños al mar y perecían ahogadas. ¿Serán estas imágenes desgarradoras las que dieran origen a tantas madres con niño muerto y mujer llorando realizadas antes y después del Guernica? A pesar de esto la mente de Picasso sigue en blanco. No puede comenzar.
El 26 de abril la vizcaína e histórica villa de Guernica es bombardeada y ametrallada por la aviación alemana de la legión "Cóndor", que militaba junto al ejército llamado "nacional" del General Franco. Se trata de la primera gran masacre de civiles de la época contemporánea, la inauguración de una trágica secuencia que ha manchado ominosamente la historia ulterior del siglo XX. Guernica no era un objetivo militar y se encontraba poblada mayoritariamente por mujeres, niños y ancianos. Era día de mercado y la gente se encontraba en la calle y completamente desprevenida. La destrucción fue casi total. La rabia y la indignación de Picasso y sus amigos superó cualquier sentimiento anterior.
Cinco días después, primero de mayo, la tradicional manifestación del Día de los Trabajadores que recorre las calles de París cambia sus consignas y atruena un único tema, casi como un grito: ¡Guernica! Cinco días después, ese primero de mayo, Picasso se pone a trabajar febrilmente en el panel para el Pabellón. Comienza Guernica. Lo terminará sólo 24 días después. Sólo 24 días, digo, porque el Guernica mide 7,80 metros por 3,50 metros. Sólo en blanco y negro, con algunos destellos celestes. Y único, por esa potencia que transmite un sentimiento revulsivo y desgarrante y que se transforma tanto en un modo de hacer visible el horror del que es capaz el hombre como en un modo de lucha contra la destrucción y la guerra. Quizás sea esto lo que le haya hecho decir a Antonio Saura:"Odio al Guernica porque nunca una tela fue menos inerte y nunca la ira de un hombre tan duradera".
El 4 de junio, junto con dos esculturas del mismo Picasso, algunas otras obras, el Guernica fue instalado en el Pabellón Español. Según Le Corbusier, Guernica "no vio mas que las espaldas de los visitantes, ya que los visitantes se sentían repelidos por el cuadro": El público se movió deslumbrado por el espejismo optimista que el progreso tecnológico parecía brindar y el Pabellón Español y con él el Guernica no mostraban más que la terrible imagen de la guerra que ya ensangrentaba una parte de Europa.
Picasso había conseguido su objetivo dado que decía: "La pintura no está hecha para decorar paredes. Es un arma de guerra para el ataque y la defensa contra el enemigo", y agregaba: "Querría que todo el mundo arrancara mi pintura con sus ojos; no quiero que nadie se duerma delante de mis cuadros suspirando de beatitud. El arte jamás es casto".
Picasso no firmó ni fechó el Guernica como si lo considerara inacabado. Pero no debemos olvidar que Picasso pensaba que nunca se termina una obra. Al respecto decía: ¿Cuándo has visto un cuadro terminado? Ni un cuadro, ni nada. ¡Pobre de ti el día que digas que estas acabado! ¿Terminar una obra? ¿Acabar un cuadro? ¡Qué tontería! Terminar algo quiere decir acabar con ello, matarlo, quitarle el alma, darle la puntilla. Lachever, como dicen aquí, es decir, darle el golpe de gracia: el más desgraciado para el pintor y para el cuadro. El valor de una obra está en lo que no está..."
Es cierto. Guernica no vio más que las espaldas de los visitantes de la Exposición Universal. Es cierto también, que aún hoy, muchos apartan rápidamente su mirada de él. Es también cierto que Guernica nos mira y nos muestra. Encontramos en sus nueve figuras las míticas y conceptuadas animalidades; la aterrorizante, pero aún así alumbradora feminidad; el infanticidio como el mas escalofriante de los crímenes; las antagónicas lámparas que tanto pueden cegar-obnubilar, como proporcionar la clarividencia; la torva nocturnidad; la interioridad doméstica, entrañablemente propia y sin embargo brutalmente invadida por la violencia; el destrozo iconoclasta del ideal transmutado en varón-estatua; las armas fabricadas para ser rotas y la poética de la flor que nace y renace hasta entre cadáveres. La poética de la flor. La poética del inconsciente. La poética de la creación que nace y renace...
Dirá Picasso: "La vida de una sociedad exige la estabilidad y el mantenimiento de ciertas normas, el individuo debe doblegarse o perecer. Sólo el sentido de la invención y una necesidad creadora intensa empujan al hombre a rebelarse, a descubrir y a descubrirse lúcidamente; para ello debe cortar poco a poco las ataduras que le unen al pasado, a la tradición, a las ideas recibidas. La sociedad se defiende, sabiendo sin embargo que su perennidad depende de semejantes hombres, sin los cuales se estanca y muere".
"Se tarda mucho en volverse joven".
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(*) Tatiana Reitman es licenciada en Psicología
Foto: Internet

Y2K, 54. FREUD Y LA REPRESION FAMILIAR (MEDIATARDE DEL 2 DE ENERO DE 2000)




Por Rubén Stefano Meyer



Thomas Schöll y Pedro Maldonado reflexionan un par de minutos en silencio y recuperan la iniciativa que les ha birlado con un golpe de timón el flaco Sandrelli:
— Hay que mirar la parte provechosa del asunto —bromea el gringo: De esta manera, Carlos no tendrá que esperar otra reencarnación para que la gallega lo vuelva cornudo.
— ¿Y... qué me dicen del hallazgo? — cacarea orgulloso Lautaro.
— Bien, flaco… El gringo te contagió su racionalismo mayéutico post socrático
— Exacto, sos un gran so cretino. Efectivo cuanto menos —se burla el alemán.
— Ahora contestáme una cosa —lo increpa de improviso Pedro—: ¿Era necesario que hicieras un cuestionario tan largo para ratificarnos que soy un pelotudo y que me había mandado una macana?
— No, no fue mi intención, para nada… Sólo le quise darle un poquito de pimienta al relato porque los veo medio tirados.
— ¡Ah, claro, vos derrochás alegría! —contraataca Thomas.
— La verdad que no… Sin embargo, me entusiasmó mucho la tipología del gato chino, la juzgué llamativa: Detrás de su apariencia apocada y sumisa, tiene una gran decisión. Es lo que demostró Carlos, por lo menos aquella noche.
— Hablando de aquella noche... —Pedro observa al flaco Sandrelli con un poco de encono—: Vos nos adeudás algo…
— ¡Ya lo creo! —lo cerca también el gringo—. Es necesario que nos cuentes qué pasó esa madrugada.
— ¡¿Con las minas?! —enrojece Lautaro.
— ¡Claro, con las minas del cabaret! —lo intima Pedro.
— Nada…
— ¡Cómo que nada! — lo reprenden a dúo.
— Bueno, sí, algo pasó… Les cuento, si no me queda otra.
Lautaro Sandrelli sabía, por supuesto, que el primero de enero de 2000 había sido un día excepcional para el cabezón Astigarraga; a tal punto excepcional que, durante una buena parte de ese amanecer resacoso, compartieron un mismo techo y sostuvieron una misma alucinación: Que dos mujeres macizas y extremadamente bellas los recibieran en sus dormitorios y los amaran hasta el hartazgo. De hecho, los acontecimientos que se iniciaron aquella madrugada en El Molino Negro le parecieron al flaco tan significativos para justificar el comportamiento de Carlos que se los relató al gordo Maldonado la noche siguiente, unos minutos después que Thomas llegó a su departamento de barrio Norte, desesperado por haber pasado el día recorriendo Buenos Aires detrás de una sombra escurridiza, la sombra del Gato cabezón.
El anecdotario erótico cayó esa vez en saco roto, por decirlo de algún modo. Un poco por el desaliento del gringo Schöll y otro poco porque Pedro no se había repuesto todavía de la fuerte puteada que le lanzó la gallega Marita López la tarde anterior:
— Me lastimó tanto que estoy acá encerrado desde ayer, boludo, desde el momento en que se fue la gallega —confesó Pedro—. Me puso tan nervioso que los brazos se me adormecieron, tenía los ojos enrojecidos y una sensación de mierda en todo el cuerpo, como cuando estás a punto de engriparte.
— Disculpá, gordo, se impone una pregunta: ¿Vos qué le dijiste para que te maltratara así? —preguntó Lautaro.
— No, no tengo excusas… Ella tiene razón: Me quise hacer el chistoso, quise que ella se relajara y no me di cuenta que Marita estaba rabiosa. Más bien desesperada. Le dije, si querés estar al corriente, una verdadera burrada.
— ¿Qué le dijiste, gordo? —sonrió el flaco, tal vez porque conocía a Pedro y estaba dispuesto a perdonar de antemano.
— Le mandé sin ton ni son que, según Sigmund Freud, los hombres casados suelen sufrir implosiones naturales en sus noches de júbilo… Y que como Carlos, además de hombre casado es un hombre reiteradamente reprimido por su entorno familiar, vivió su noche de júbilo con locura.

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Imagen: Revista Fast

Y2K, 53. CARLOS, EL DRAGON ENGAÑADO



Por Rubén Stefano Meyer



Pedro Maldonado y Thomas Schöll permanecen unos segundos boquiabiertos, sin saber cómo seguir la deducción:
— ¿Entonces aquello del golpe de suerte, del viaje por el mundo, del dinero que iba a ganar era un error? —consulta el gringo al flaco Sandrelli.
— ¡Y, sí! — certifica con miedo Pedro.
— No, no es así —los contradice Lautaro, seguro de su memoria prodigiosa—. Las profecías de las cartas de Tarot estuvieron correctas… Fueron hechas unos minutos antes que la hechicera preguntara por el signo del horóscopo chino. En lo relativo a la lectura de manos, ahí sí, tengo mis dudas. Me parece que al cabezón le dimos una mano de arena y otra de cal.
— Estás seguro de que no sos dragón… ¿Cómo averiguaste que vos y Carlos eran gatos? — se interesa el gordo.
— Una compañera del buffet, Susanita, anda siempre con libros de Tarot, de vaticinios y esas cosas… El otro día la vi con un libro del horóscopo chino de Ludovica Squirru y le pedí que me buscara el signo. Fue fácil: Me pidió el año y mes de nacimiento, sacó las particularidades de los gatos en dos patadas y me anunció cómo iba a tratarme el 2000…
— ¿Y...? — pregunta embobado Pedro.
— Una porquería, igual que el 98 y el 99.
— No, boludo, me refiero a la confirmación del signo: ¿Carlos y vos son en efecto gatos? —Pedro corrige brutalmente al flaco Sandrelli.
— ¡Sí, gordo, no seas pesado! Los que nacimos en el año 1963, como el cabezón y yo, somos gatos. El dragón llegó al año siguiente, el 64…
— ¿Y cuáles son las características del gato? — inquiere con una curiosidad insana el alemán.
— Ya te digo, lo traje anotado.
— A ver… ¡Dale, cantá! — se inclinan los dos hacia los apuntes de Lautaro.
— Lo más importante que extracté es esto. Escuchen: Tiene una gran convicción para los actos, es racional y positivo en sus opiniones. Aunque en apariencia condescendiente y sumiso, es en realidad muy decidido y obstinado en la ejecución de los hechos que traza por anticipado con deliberación y cuidado...
— ¡Ja! Casi una radiografía de Carlos —ironiza el gordo. Lo de racional y positivo, vaya y pase. Pero el resto…
— Te parece que no es decidido y que no planeó las cosas con deliberación… ¡Mirá lo que hizo el animal gatuno! — le protesta Thomas.
— Sí, tenés razón… —admite Pedro.
— ¡Che, no discutan! Oigan lo siguiente: Es un ser correcto, ordenado, detesta la confusión y se opone a dejar las cosas inacabadas. Es noble y se puede contar con él, es justo en sus transacciones, raramente deshonesto...
— Acá el cabezón no cumplió: Opino que no detesta mucho la confusión y que no se opuso a dejar las cosas inacabadas en Buenos Aires. De hecho dejó un flor de quilombo —lo ridiculiza Thomas.
— Lo del ser correcto y lo de la justicia en las transacciones está bien. En el fondo, el tipo respetó a su familia y le dejó la guita… Además, boludo, no todas las personalidades de los gatos tienen por qué ser exactas como dice un libro de horóscopos, ¿no? —lo defiende ahora el gordo.
— Y, sí… Yo, en lo personal, no creo que haya personalidades en serie. Cada uno es como es… O como puede —concede el gringo.
— En síntesis, muchachos, la noticia es que descubrí una perlita: La cabalista Tiresias resultó una gorda trucha que le presagió al cabezón un destino intrépido. Pero ese destino intrépido no le correspondía al gato Carlos… Era el de otro hombre, uno que seguramente nació en el 64, o doce años antes, o doce años después… ¿No es gracioso?
— ¿Por qué decís doce años antes o después? — pregunta Pedro.
— Porque en el horóscopo chino los animalitos se repiten cada doce años. Dragones son, por ejemplo, los del 52, 64 y 76.
— Estás hecho un experto, boludo… —se ríe el gordo.

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Imagen: Horóscopo chino, Internet